Doña Concha y Chagall
Ha llegado el invierno a la ciudad de la lluvia y el viento, trayendo consigo las ciclogénesis explosivas (anteriormente temporales) e implosivas (anteriormente gripazos). Con dientes de mar gris y rugidos de rabia de espuma ha cobrado su ofrenda como todos los años: parte de la barandilla que pespuntea el paseo marítimo y ahora ya asentado en su trono se dedica a someternos a sus tormentas de rayos y truenos; a los gélidos amaneceres y anocheceres; y a sus escarchas interiores únicamente soportables con un chocolate caliente (churros mediante a ser posible).
Pero el invierno no es mal compañero, tal vez incite al animal que llevamos dentro a resguardarse en un abrazo, a calentarse las manos acariciando al prójimo, a compartir una sesión de compras de navidad... no debería aparcar mientras hago estas reflexiones porque la valla que parece estar más lejos no lo está y la defensa del coche se doblega al intentar traspasarla.
Me pongo la cazadora, la bufanda y me bajo para examinar los daños: tampoco ha sido para tanto, además el coche es de renting... cojo mis cosas y me dirijo al portal empujado por un suspiro de unos noventa kilómetros hora y al entrar cierro la puerta para intentar evitar que se cuele en el edificio.
- A este paso salimos volando.
Me doy la vuelta y me encuentro a Doña Concha sentada en las escaleras con unos folletos de oferta debajo de su trasero.
- Sí, lo malo es que no tenemos tren de aterrizaje así que a ver como hacemos.- Contesto.
- Calla que a mí no me dejan salir por miedo a que coja una gripe y eso que me he vacunado, pero aún así... después de ochenta y nueve años y tienen miedo de perderme ¿no se cansarán de mí?
Siempre me hace reír y por eso cuando puedo me quedo un rato charlando con ella, pero día a día veo que el invierno le está comiendo los colores, la está despintando poco a poco, como palideciéndola al cubrirla con una fina capa de polvo de tiempo que se va acumulando sobre ella. Para paliar su aburrimiento le propongo ir a dar una vuelta al edificio, una pequeña fuga sin que nadie nos vea: dos fugitivos de lo debido huyendo a lo deseado. Mira furtiva hacia los lados, asiente y se levanta con mi ayuda. Como nos vea su hijo me mata.
Al ir a salir del portal veo el triste jardín casi monocromo en el que prima un tono de ceniza marrón. ¡No! Ahí no podemos salir, en ese jardín ella se mimetizaría y nunca la podría recuperar. Entonces tengo una idea: saco mi ordenador portátil y me conecto a internet, busco la fotografía de Chagall y pongo la pantalla enfocando al jardín.

Entonces sí, entonces abro la puerta y ambos salimos a un jardín de césped de cable metálico azul en el que sobre un fondo de cielo amarillo brilla un sol romboidal de color rojo. Un gato de color verde está interpretando una melodía que mezcla notas musicales con esporas que al llegar al suelo germinan creciendo en extrañas flores de inalcanzables o inentendibles texturas.
- ¿Un gato verde? - me dice Doña Concha un poco incrédula ante lo que está viendo.
- Eso mismo le dijo Stalin a Chagall ¿vacas verdes? Y sí, si las miras de la manera adecuada las vacas son verdes (cosa que Stalin nunca pudo hacer o entender).
Entonces Doña Concha se quita las gafas y comienza a ver cómo pasan por el cielo una manada de nubes nómadas sobre las que viajan multitud de vacas verdes que vagan interminablemente alrededor del mundo.
Por encima de nosotros llegan volando el hijo adolescente de los del segundo con su novia, y pienso que eso es el amor: volar sin miedo, aún a riesgo de pegarte una hostia como un piano, pero no dejar de hacerlo jamás porque si dejas de enamorarte un solo día tus pies se convertirán en plomo y te llevarán a lo hondo a lo profundo: a lo oscuro. Entonces yo me enamoro de la vecina del tercero a la que sonrío, con sonrisa impregnada de galantería, siempre que nos cruzamos y Doña Concha se enamora del recuerdo que guarda de su marido, por ello comenzamos a sentir en nuestros estómagos los efectos de la ingravidez. Ya en el aire miro a Doña Concha que se ríe a mandíbula batiente y su risa va convirtiéndose en pájaros que se difuminan en el horizonte.
Viendo la ciudad desde arriba comprobamos como las cosas han perdido sus rígidas formas adquiriendo ahora unos perfiles menos estrictos, más blandos: se convierten en cosas contra las que se puede rebotar sin miedo a hacerse daño y de esa manera en dos brazadas de aire reboto contra el edificio, contra los coches, me dejo llevar por el redondo viento... Entonces miro a Doña Concha que ya luce un hermoso rostro de trazos suaves, cálidos colores pastel y sonrisa de rojo inmortal y blanco luna.
Me quedo observando la fotografía de Chagall que está mirando al jardín y me caen dos lágrimas de agradecimiento por enseñarme a abrir las puertas de este mundo al que a veces me escapo y al que a veces, sin poder evitarlo, me traigo a alguien de excursión.
Hoy Doña Concha está radiante como un sol de carne y hueso y, mientras dura el tosco invierno, se entretiene en el portal contemplando un libro que le regalé lleno de fotografías con las obras de Chagall a las que se escapa, en las que se introduce para vivir en ellas cada vez que la realidad o las vacas que no son verdes la acorralan.
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unaovarios dijo
Me voy a ir a vivir a tu portal.... Me sentaré con Dña. Concha y leeré tus cuentos....
Un beso lleno de colores
P.D.: Este Sr. se ponía de algo no? Eso sí, le quedaban los cuadros rebonitos
17 Noviembre 2010 | 02:21 PM