Me encanta ver jugar a Arancha.-
Me encanta ver jugar a Arancha.
El domingo celebramos el cumpleaños de mi hermana y el día se pintó de dorados, verdes, olores a finales de verano y tacto de brisa. Mi cuñado preparó la mesa debajo de la higuera.
Llevaba un tiempo dándole vueltas a mi cabeza, llegando casi a hacerla centrifugar, pensando en quien, como, cuando, que y cual soy y sinceramente no lo tenía muy claro.
Al caminar por la calle y verme reflejado en un escaparate a veces me sorprendía a mi miso y, en alguna ocasión, al no reconocerme, estuve a punto de saludarme y todo. Otras veces mirándome en el espejo al afeitarme, las cuchillas parecía que escarbasen en mi superficie para llegar a mi fondo y desenterrar algo que subyacía allí dentro.
Antes de ir al cumpleaños de mi hermana me vi en el espejo, mi pelo estaba más largo de lo normal, en la furgoneta mi tabla de surf, un monopatín… y mi cabeza siempre ocupada en construir canciones o esculpir cuentos.
Me dije a mi mismo: tienes que cambiar, no puedes seguir con la sensación de que eres un niño que juega a ser mayor. Eres mayor, así que Mira a los mayores y actúa como ellos.
Pero me encanta ver jugar a Arancha.
Llegué a casa de mi hermana y, mientras que esperábamos a los demás, estuvimos hablando. Para ser lo más adulto posible, tras preguntar por mis sobrinos de manera superficial, saqué el tema más adulto que encontré en el desván de mi cabeza. El trabajo. Todo iba bien, hasta que llegaron mis sobrinos pequeños.
Debajo de la higuera empezamos a comer y empezaron a hablar sobre la crisis mientras Arancha y Jacobo jugaban con la hamaca, uno de ellos se metía dentro y el otro le enrollaba, después le soltaba y daba un par de vueltas.
Me encanta ver jugar a Arancha y Jacobo.
Yo, como he intentado otras veces, me metía en la conversación dando titulares que había leído en el periódico o había escuchado en la televisión, añadiendo porcentajes que siempre hacen parecer más adulto. Me estaba gustando hablando así, mañana, me dije, te pones los pantalones chinos azules y esa camisa de rayas que te hace tan elegante, hasta puedes ponerte la americana, si, si te la pones vas a parecer… y tal vez deberías empezar a hablar de futbol, ver algún partido… y política… ya, al principio te va a costar, pero después todo va a ir mejor, de verdad.
Pero Arancha se subió a la higuera y se balanceaba en una rama, feliz, con una sonrisa que no conseguiríamos ni uniendo la de todos los que estábamos sentados a la mesa y mi corazón, en vez de latir me empujaba a subirme a la higuera.
¿Qué haría un adulto si le dan una higuera? Me pregunté, y me contesté que podarla, regarla, o arrancarle los higos para comérselos, como estaban haciendo algunos a modo de postre. Ninguno llegaría a entender que las higueras son para subirse a ellas.
Finalmente logré contenerme dando algún porcentaje más y criticando alguna medida de las que ha tomado el alcalde en los últimos días (Conversación plagiada a dos hombres de negocios en un bar).
Hoy, mi jefe me ha llamado por teléfono, me ha dicho que había venido de Madrix para reunirse conmigo, tengo malas noticias que darte y se ha quedado de piedra cuando he abierto la puerta con cara de ilusión y le he dado un abrazo enorme.
La próxima comida me balancearé en una rama de la higuera con Arancha.
Me encanta verme jugar.-







unaovarios dijo
Pues vamos a jugar... Muchos adultos nos envidiaran, que lo sepas! También podemos bailar? La música lo pide...
P.D.: Por cierto, trae a tus sobrinos, yo pongo a mis cuatro, y una higuera, un olivo y encinas y piedras enooormes...
Un beso niño grande
16 Octubre 2008 | 10:10 AM