Cuento para Antonio
Llegamos a la urbanización por la noche, una noche en la que la luna nos daba la bienvenida a una nueva residencia. Al aparcar el coche nos bajamos todos, unos más contentos que otros, pero todos con cierto grado de curiosidad, mi padre señaló el portal. Yo me limité a hacer un gesto adolescente de “y a mí que” y mi padre me contestó con otro de “Te voy a dar dos” que nunca me ha dado.
Empezamos a sacar cajas del coche y en ese momento un hombrecillo salió de detrás de unos coches aparcados y se presentó:
- Buenas noches, soy el duendecillo bueno del aparcamiento, vengo a llevarme a los carcas, los pesados y los aburridos.
Bueno, eso es lo que mue hubiese gustado a mí, pero se limitó a decir:
- Buenas noches, Me llamo Antonio y soy el vigilante del aparcamiento. ¿quieren que les ayude?
Mi padre en un perfecto idioma “bla-bla-bla” se limitó a darle las gracias y a decirle que no era necesario, pero yo vi que al pobre hombre le hacía ilusión y entonces dejé caer el estuche rigido en el que viajaba mi guitarra. Antonio la recogió mientras yo sostenía una caja que llevaba en mis manos.
- Gracias le dije.
El sonrió por que entendió la jugada y me contestó:
- Gracias a ti…
- Fran, me llamo Fran.
Como a todas las personas mayores le encantó sentirse útil, mientras mi padre me hacía un gesto de “mira que eres torpe”.
Antonio era un señor de unos setenta años, con el que fui coincidiendo a veces al sacar a pasear a mi perro y poco a poco fuimos entablando una conversación que comenzó por un buenas noches.
Cuando pasamos de las conversaciones típicas del “parece que va a llover”, me contó que estaba jubilado y que vivía solo, que no tenía nada que hacer y que con este trabajo ganaba un sobresueldo que, unido a su pensión, le daba para poder vivir más o menos bien. Yo le conté que estaba estudiando una carrera y cuando me preguntó cual, le contesté que la de domador de números. Ambos reímos y desde entonces en muchas ocasiones me acompañaba hasta los límites de la urbanización, tras los cuales yo seguía mi paseo.
Muchas veces, en las noches duras de invierno, paraba en un bar que había cerca y cogía un café para llevar. Se lo dejaba en el portal en el que se cobijaba y a la vuelta de hacer la ronda se lo encontraba.
Pero fue una noche de verano en la que salí de juerga y llegué un poco… digamos que… tarde, me senté en la jardinera de la entrada para fumarme un pitillo con el que intentar despejarme un poco y me quedé embobado mirando a la luna. Estaba redonda, baja, mucho más cerca de la tierra de lo que está habitualmente.
- Inmensa, Inconmensurable- surgieron esas dos palabras de mi boca en voz alta.
Fue entonces cuando escuché un murmullo que venía de una zona que quedaba más oscura, la parte que llevaba a la piscina, y escondido entre unos arbustos, pude ver como Antonio, sentado en un banco estaba hablando solo. Se giró y me dijo:
- Fran, puedes venir si quieres.
Yo me senté a su lado en el banco y el continuó hablando. Contaba como era la mirada de un niño cuando está jugando con la arena en un parque, lo describía de tal manera, que hubiese sido mejor matarlo que interrumpirle, con lo que me quedé escuchando. Cuando terminó, estaba amaneciendo, eran las seis, lanzó un beso al aire, dijo Hasta mañana y me sonrió.
Me invitó a tomar un café para darme una explicación a lo que había visto.
- Verás Fran, lo primero que te preguntarás es como sabia que estabas allí.
Yo moví la cabeza afirmativamente.
- Mira, para lo que te voy a contar tienes que ser un poco abierto de mente y creo que tú lo eres. Hace muchos años, en julio de 1936 luché en la guerra civil y cuando los nacionales tomaron el poder me hice prófugo. Pasé muchas noches vagando por los caminos y escondiéndome de día. Fueron muchas noches en las que pensaba que sería la última, hasta que de repente escuché una voz.
Yo en ese momento no sabía si estaba revolviendo el café o, el café estaba quieto y se revolvía el mundo. Seguí escuchando.
- Esa voz me fue indicando el camino que debía seguir para que no me cogiesen y así lo hizo cada noche hasta que las cosas se calmaron y pude llevar una vida normal. Yo no había hecho daño a nadie, con lo que, tras un juicio, me pusieron en libertad vigilada. Era una noche de luna llena.
- Esa noche al salir de la cárcel, no sabía qué hacer, ni a donde ir, entonces me senté en un banco y volví a escuchar la voz. “Antonio, ahora que ya estás más tranquilo te diré quién soy, solo tienes que mirar hacia arriba” cuando alcé la vista vi la luna más impresionante que había visto en mi vida y supe que era ella la que me había ayudado a lo largo de mi vagar.
Antonio dejó rodar una lágrima por su mejilla y continuó su relato.
- Desde esa noche llegamos a un acuerdo, yo todas las noches le contaría cosas que no ocurren de noche, como lo que has oído hoy, la mirada de un niño jugando en la arena de un parque, el bullicio del vaivén de las gentes en la calle, los colores de un mediodía o vidas que transcurren antes de que llegue ella o después de que se va. A cambio, ella me cuenta a que huele una noche en Darwin, como es Paris iluminado desde el aire o como fue la erupción del Krakatoa en 1883.
Desde ese día yo bajaba a pasear a mi perro cerca de la media noche y buscaba a Antonio para escuchar sus historias y, con un poco de tiempo, aprendí a escuchar las de la luna.
Hoy he ido a decirle adiós a Antonio, o hasta luego, que me gusta más. Hay luna llena, una preciosa, oronda y rechoncha luna llena, y al fijarme bien he visto como un puntito oscuro en su blanco.
Hoy les voy a contar como es la luz del sol a través de una ola.
Buen fin de semana.







FUERA DE MI dijo
Preciooosoooo.....
yo elegí conversar con una sombra sobre la noche.. a cambio puedo vagar por ella a voluntad.. o arrastrarme a veces :)
!Pues claro que la luna habla! !y canta! ... y una noche hasta crei verla bailar !!
besos y mas besos... buen finde.
18 Mayo 2007 | 08:11 PM