La sonrisa del bufón
Cuenta el cuento que te contaré que tal vez mañana, tal vez hoy o tal vez ayer en un país vivía un rey que entre otras cosas tenía el poder de encender la luna todas las noches.
Siempre desde su balcón creaba una luna llena, redonda y blanca como le había enseñado su padre, el anterior rey y la lanzaba a lo alto del cielo. Aquella luna era como una inmensa vela que alumbraba la oscuridad.
La madre del rey era la encargada de encender el sol todas las mañanas, lo tomaba en sus brazos, lo apretaba fuerte y, con una de sus enormes sonrisas, lo convertía en una bola de fuego que enviaba al infinito y allí se quedaba, en lo alto, hasta que llegaba la noche.
Cuando nació la princesita, su abuela todas las mañanas iba a verla, la abrazaba y le daba un beso, haciendo que la niña se convirtiese en un astro viviente que inundaba de calor y color el reino. Poco a poco le fue enseñando a encender el sol para que, en el momento en el que ella faltase, pudiese ser la que lo hiciese.
Los años pasaron y llegó el momento en el que la reina-abuela pasó a formar parte del propio sol y la princesita pasó a ser una joven princesa que todas las mañanas lo encendía para su pueblo, con el orgullo de su padre.
Pero llegó un momento en el que la princesa comenzó a sentir ciertas cosas que a veces son muy difíciles de explicar y que desembocaron en una aflicción que le impedía realizar su importante cometido. Solo podía encender el sol como lo hacía su abuela, con su mejor sonrisa.
Los días eran sombríos y lluviosos, los colores se iban haciendo monocromáticos navegando hacia el gris, haciendo que el mundo se sumiese lentamente en una colectiva tristeza.
Entonces fueron convocados todos los bufones del reino por que era un caso de extrema gravedad. Habló el rey:
- La princesa no responde a vuestras gracias, tenéis que buscar cosas nuevas, algo que haga que vuelva su sonrisa. Daré lo que me pida a aquél que la haga sonreír aunque sea solo una vez.
Tras inútiles resultados, la promesa se extendió a los reinos colindantes, después a los cercanos y después cruzó los mares y vientos hasta llegar a los rincones más remotos del planeta triste.
Aquél reino se convirtió en un lugar cómico en le que podías ver por las calles a gentes de miles de sitios diferentes en situaciones propias de dibujos animados. Chocaban, corrían, se tiraban tartas, hacían malabares, trucos de magia, parodiaban a los nobles del reino, pero no conseguían nada. Ella seguía sin sonreír.
Fue entonces cuando un jovencito pidió ver al rey, que en su desesperación concedía audiencia a todo el que pudiese aportar una solución a este problema., y así fue que le recibió.
- Majestad, yo puedo hacerla reír, la conozco desde pequeña, he pasado mi vida mirándola, aprendiéndola y ahora he llegado el momento para el que me he estado preparando.
- Vos sois el hijo de Zigonat, mi mejor bufón, pero todavía sois un niño, es decir, tenéis solo un año más que la princesa, dudo que lo consigais, perodecidme ¿Qué queréis a cambio? – Dijo el rey intuyendo que le pediría la mano de su hija.
- Nada. Después de su sonrisa no precisaré nada.
El rey en ese momento vio como el niño aquél, feo como su padre, pero carente de toda gracia, escondía algo especial, mucha ternura, mucho amor y decidió darle una oportunidad.
En un salón estaba la princesa sentada en el alfeizar de la ventana, mirando hacia el jardín. El rey le preguntó si prefería estar a solas con ella, si podía estar solo él o si por el contrario podían estar las gentes del reino. Respondió que podían estar todos los que quisiesen ver sonreír a la princesa, con lo que se abrieron las puertas del palacio y cientos de personas llegaron hasta el salón.
El bufón dio unos pasos para llegar hasta la princesa y, una vez a su lado, le tomó la mano, le miró a los ojos y le dijo:
- Os amo, y por eso tengo que decíroslo.
En la cara de la princesa se dibujó una mueca como la que alguno de los científicos identificó como un puchero, parecía que de un momento a otro iba a romper a llorar, pero en vez de eso, comenzó a reír, primero fue una sonrisa, que fue aumentando en una risa y después una carcajada, una sonora y rotunda carcajada.
Todos empezaron a saltar, a abrazarse, a dar vítores, mientras ella ya no podía dejar de reír. Solo el rey,lleno de alegriabuscaba al bufón para felicitarle y concederle lo que le pidiese.
Tras apartar a la gente que se apelotonaba alrededor de la princesa pudo verle allí en una esquina, sentado en el suelo, mirando a la princesa con lágrimas en sus ojos que al rodar por sus mejillas se convertían en cristal. Cuando llegó hasta él percibió que se estaba muriendo, lo tomó en sus brazos y le preguntó:
- ¿Por qué lo has hecho niño?
- Por que por una sola de sus sonrisas merece la pena morir.
Y diciendo esto se fue apagando lentamente mientras el rey lo estrechaba y acariciaba.
Desde esa noche, en homenaje a este bufón, el rey que encendía la luna comenzó a dibujar una sonrisa en el cielo que ha llegado hasta nuestros días.
Hoy puedes verla .




DIEGO dijo
Submundo ,simple y llanamente ¡¡genial!! me asomaré a mi ventana a ver la luna.
un abrazo amigo
12 Febrero 2007 | 10:39 PM