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La Coctelera

submundo

21 Noviembre 2006

El loco de Laxe

Llegué a la playa de Laxe en una mañana de otoño, pero no fría, no gris, es raro que en Galicia ni haga frío, ni veamos el cielo gris. Era casi mediodía, y lucia un sol, que solo daba color, no calor, pero que creaba un ambiente agradable. Yo venia de Coruña, daba clases en Malpica, un pueblecito cercano a Laxe, y en un descanso aproveché para ir a comer a la playa, el día invitaba a ello.

Aparqué en el paseo marítimo que tiene el pueblo a lo largo de su playa, en el centro más o menos, y me dirigí a buscar un lugar donde disfrutar del bocadillo que me serviría de comida. Me situé en el centro de la playa, entre las dunas y miré a mí alrededor. Lo que tenia ante mi era un espectáculo impresionante.

Puse a mi espalda los edificios del pueblo, y frente a mí el mar. Esta playa es tranquila, en plena costa da morte no tiene olas, y el mar parece sereno, probablemente por la orientación no le entra directamente y la hace estar más resguardada que las playas de alrededor, en las que el mar muestra su fuerza algunos días.

En mi mano izquierda estaba el puerto, pequeñito, pero que en los días de diario se convertiría seguramente un hervidero de actividad, de llegada de barcos, de descargas, de venta de pescado, de camiones frigoríficos... hoy era su día de descanso, sábado, y algunas personas aprovechaban para dar un paseo de mediodía antes de la comida, pero muy poca gente, casi todos estarían comiendo.

En este pueblo la mayoría de la gente se dedica al mar, y el resto a los servicios. Es tranquilo, es pequeño, es... familiar. En mi mano derecha tenía las montañas que se hunden en el mar, y delimitan el pueblo, en su base se dibuja la espuma blanca que crea la caricia de lo azul contra lo verde. Sentí una sensación de libertad muy fuerte, y respiré. Olía a salado, a arena, a azul, a verde, a sol, a pescado, a paz, a lento y me encontré muy a gusto.

Decidí sentarme y disfrutar del bocadillo que me había preparado por la mañana para comer en esas horas libres. Sobre una duna monté mi campamento consistente en una mochila en la que llevaba el bocadillo, una botella de agua, una libreta en la que apuntaba todo lo que me llamaba la atención, un bolígrafo, el tabaco, y un jersey por si hacia frío. Desenvolví el bocadillo, y coloqué la libreta en mis piernas. El bolígrafo corría por ella, tratando de buscar palabras que recogiesen ese instante, y lo más destacable de los apuntes que estaba haciendo eran los colores el cielo azul, despejado, inmenso, el sol enorme perfectamente redondo amarillo, anaranjado, rojizo, tonos verdosos y azulados tenia el mar dependiendo de la profundidad de la zona a la que mirase, blanco en el roce con las montañas, el puerto, la orilla, espumoso, espumoso. La arena se pintaba de color tan claro que parecía casi blanca, y sobre todo la luz, un exceso de luz que llenaba todo. Es gracioso, estaba tratando de pintar con palabras el cuadro que tenia enfrente. Miraba, pensaba, y escribía.

Al cabo de unos diez minutos apareció un señor de unos cincuenta años, con pelo largo y canoso, pálido, pero con cierto tono rosado en sus mejillas, lo cierto es que parecía un bohemio, y de que los años le habían dado sabiduría, su imagen me resultó dulce y familiar iba cargado con un maletín y un caballete. Supuse que era extranjero por su aspecto y a la vez que me sorprendió, sabía que llegaba mucha gente de fuera a estos lugares. En el verano en especial, aparecía gente sobre todo del centro de Europa a disfrutar de estas playas, estos pueblos, y en especial por el fin de la tierra para los romanos, Finisterre.

Sus pasos crujían en la arena, y al pasar a mi lado me saludó:

- Buenas tardes – dijo en perfecto español.
- Hola – contesté yo.

Es la ley de los pueblos, cuando llegas a el tienes que saludar a todo el mundo, porque ellos también lo harán. Lo ven como una cosa totalmente normal y eso hace de los pueblos lugares cálidos. Se situó un par de metros más adelante que yo, enfrente también a aquel espectáculo, un poco más abajo de la duna, de modo que yo podía ver perfectamente lo que hacía, y me imaginé que la distancia era la exacta para mantener una posible conversación. Reposó sus bártulos en la arena y estudió el lugar. Lo miró una y otra vez: el puerto, la montaña, las islas Sisargas, una y otra vez.

Tras una observación exhaustiva, comenzó el despliegue de medios. Primero armó un caballete de madera, abrió el maletín del que extrajo una paleta. Colocó en el caballete un lienzo en blanco, y comenzó un ritual que sospeché que había repetido infinidad de veces. Tomaba tubos de óleo, y hacia plastones en la paleta, mientras seguía observando. Azul, amarillo, blanco, rojo, con la punta de su pincel tomaba parte de los colores y los combinaba, para crear colores nuevos: verdes, naranjas, rosas. Mientras su mirada recogía aquella vista, sus manos trataban de recrear los colores de aquel mediodía.

En ese momento tomé la decisión de quedarme en esa escena hasta las cuatro, hora en la que tenía la siguiente clase. No tenia demasiada prisa, el día merecía la pena, el sonido de la tranquilidad merecía la pena, el olor merecía la pena, y lo que estaba sucediendo ante mí también.

El extraño pintor y yo decidimos íntimamente guardar silencio. El respetaba mi comida y yo respetaba su ritual pictórico, a la vez la playa nos respetaba a ambos, como si ella también nos observase, estuviese comiendo, o tal vez nos estuviese pintando en su gran lienzo.

Una vez terminada la primera mezcla de colores dejó la paleta encima del maletín y tomó un carboncillo, el lienzo en blanco comenzó a cobrar forma. Era muy hermoso ver como este hombre miraba las montañas, y en cuestión de segundos, cuatro rayas situaban las montañas en lo vacío del lienzo. Esquemático, en realidad líneas, rasgos, que hacían un resumen de lo que veíamos. Al cabo de media hora, el carboncillo estaba apoyado en el maletín y la paleta de colores en la mano del pintor. Yo no perdía detalle, estaba asistiendo a algo que me impresionaba de veras, había visto a gente pintar anteriormente, incluso a mi padre, y no lo hacia nada mal, pero aquello era distinto. Este hombre estaba pintando la realidad con su fuerza, su volumen, su expresión, su amplitud...

Busqué en la mochila y de ella cogí el tabaco, la libreta, y el bolígrafo, y comencé a realizar un resumen de lo que pasaba por mi cabeza. Un resumen de sentimientos, de aquel día, mientras inspiraba el humo y lo expulsaba. El hombre pintaba y yo escribía, pero los minutos seguían su carrera y pasaban unos por encima de otros, mientras el día empezó a empeorar un poco, el cielo comenzó a adquirir un tono grisáceo claro. El hombre se giró hacia mí y me dijo:

- Ahora va a refrescar un poco.

- si, parece que se va a nublar. – contesté yo.

Pero sus palabras no parecían una predicción, como tantas veces hacemos, más bien sonaban a afirmación, como si fuese un aviso que me estaba haciendo, y que me advertía que iba a comenzar a hacer frío. El cambio climático pareció no importarle, el parecía como si hubiese memorizado el paisaje anterior, y lo siguiese pintando en su lienzo. Posteriormente, el cielo gris claro comenzó a adquirir un tono más oscuro a medida que los minutos pasaban , y el mar también se oscurecía pasando al igual que el cielo de la gama de azules a la gama de grises tormenta, todo esto daba una sensación como si faltase luz, como si faltase... tal vez el colorido que había antes. El jersey que tenia en la mochila, me hizo falta.

De repente en la escena apareció de una esquina de la playa, en concreto de la izquierda, la que alberga el puerto, un hombre de unos cuarenta años. Este hombre venia casi corriendo, dejando pisadas en la arena, que se dirigían hacia nosotros, su traje marrón casi hacia juego con lo castaño de su pelo, lo que llamaba la atención, su destino parecía claro: venia hacia nosotros dos. Venia mascullando algo, agitando las manos como si estuviese nervioso. El supuesto bohemio pintor interrumpió su mirada al paisaje, miró al hombre, me miró a mí y continuó su tarea, yo sin embargo olvidé momentáneamente lo que estaba escribiendo y permanecí atento a lo que sucedía.

A medida que el hombre “marrón” se acercaba a nosotros, sus palabras se podían entender:

- ¡No puede ser! – decía mientras movía su cabeza de izquierda a derecha como signo de negación.

- ¡Todavía no, hombre!

El pintor le miró con frialdad, y sin dejar de esparcir sus pinturas por lo blanco le preguntó:

- ¿acaso no me esperabas? – y cambiando su tono irónico por uno más irritado, continuó – deberías estar preparado. – y tajantemente sentenció: - sabes que tienes el tiempo que tarde en acabar este cuadro.

Yo era un mero espectador, pero empecé a hacer conjeturas, toda persona con un bolígrafo y una libreta es lo que hace, conjeturaba tratando de casar piezas.

- Todavía no.- repitió el hombre de pelo castaño

- Sabes como son las cosas, y ahora es mi momento, te ruego que no lo hagas más difícil.

El hombre que por lo que había podido escuchar se tenia que marchar, parecía ir asumiendo lo que el hombre de pelo blanco le iba diciendo, pero seguía resistiéndose a partir. Miré mi reloj y eran las dos y media, con lo que encendí otro cigarro y continué escuchando la conversación que mantenían, a ellos no les importaba, me ignoraban por completo. El cielo se hacia todavía más gris, se iba ennegreciendo, y el mar se oscurecía a cada instante un poco más. La espuma en las rocas se hacia mayor, más fuerte, más blanca, mostrando la furia del mar. El frío se hacia más intenso, parecía que de un momento a otro comenzaría a llover y estuve a punto de recoger las cosas y marcharme, pero quería ver en lo que acababa todo esto. Ellos seguían discutiendo:

- Me quedaban unos días y estaba a gusto

- ¿de que te quejas? – Le replicó el pintor- cuando yo vengo, tu te vas y no hay vuelta de hoja, ya llegará el momento en que me tenga que marchar yo, y ¿sabes una cosa? No diré nada, lo haré sin nostalgia, sin melancolías, sin romanticismo, sin...

- No te burles, cada uno somos como somos y gracias a eso gira el mundo.

- Esto no tiene sentido -dijo el bohemio moviendo la cabeza hacia los lados.

- Tienes razón- dijo el hombre aceptando su obligación – en cinco minutos estoy fuera.

Se dio la media vuelta y me miró, sonrió, y me dijo: hasta luego. Volví a pensar en la ley de los pueblos, y en lo que en segundos habíamos compartido los dos hombres y yo, con lo que hasta luego respondí. Sus pasos caminaron lentos dejando nuevas huellas en la arena que ahora un suave viento comenzaba a levantar, y como vino se marchó, desapareciendo por la esquina, pero esta vez por la derecha.

Miré al cuadro que ya casi debía estar terminado, por que durante la conversación el hombre no había dejado de pintar ni un instante, y parecía ir muy deprisa. Mis ojos se abrieron como platos. No puedo decir que fuese de estilo realista, no, iba mas allá. Más que cualquier cuadro y más que cualquier foto. Se percibía la profundidad, el sol, el mar, casi al mirarlo se percibía el viento, el olor a sal...

Era perfecto, pero reflejaba la hora a la que habíamos llegado, es decir, a la hora en la que empezó el cuadro. Con el sol de mediodía, el color azul del cielo, el color entre verdoso y azulado del mar. Ver el cuadro y ver el paisaje actual era totalmente distinto.

El hombre estaba ya limpiando su pincel. En realidad solo había usado uno y lo guardó en su maletín. Recogió su cuadro cuando comenzaron a caer un par de gotas. Yo también había metido todo en mi mochila. Me sacudí los pantalones y miré hacia el hombre, el cual a la vez se giró hacia mí y me dijo:

- Nos vemos, me voy a quedar unos días por aquí.

Yo le sonreí y asentí con un gesto. Era hora de regresar, cogí el coche y tomé la carretera que me devolvía a Malpica. Ahora llovía fuertemente, y no tenia trazas de dejar de hacerlo durante un tiempo. Cuando llegué al colegio donde daba clases, el portero estaba esperando metido tras la puerta, y al verme llegar, la abrió a toda prisa.

- parece que va a llegar el invierno – dijo a modo de Saludo

- Ya está aquí – afirmé yo

Tags: laxe, cuentos, mar, playa

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1 comentario · Escribe aquí tu comentario

sotobosque

sotobosque dijo

Eres un cabron... ala, 1 abrazo.

PD. A ver si me pones por ahi el link http://www.photo.net/photos/morer99

11 Diciembre 2006 | 09:48 AM

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