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Terra
La Coctelera

submundo

16 Noviembre 2010

Doña Concha y Chagall

Ha llegado el invierno a la ciudad de la lluvia y el viento, trayendo consigo las ciclogénesis explosivas (anteriormente temporales) e implosivas (anteriormente gripazos). Con dientes de mar gris y rugidos de rabia de espuma ha cobrado su ofrenda como todos los años: parte de la barandilla que pespuntea el paseo marítimo y ahora ya asentado en su trono se dedica a someternos a sus tormentas de rayos y truenos; a los gélidos amaneceres y anocheceres; y a sus escarchas interiores únicamente soportables con un chocolate caliente (churros mediante a ser posible).

Pero el invierno no es mal compañero, tal vez incite al animal que llevamos dentro a resguardarse en un abrazo, a calentarse las manos acariciando al prójimo, a compartir una sesión de compras de navidad... no debería aparcar mientras hago estas reflexiones porque la valla que parece estar más lejos no lo está y la defensa del coche se doblega al intentar traspasarla.

Me pongo la cazadora, la bufanda y me bajo para examinar los daños: tampoco ha sido para tanto, además el coche es de renting... cojo mis cosas y me dirijo al portal empujado por un suspiro de unos noventa kilómetros hora y al entrar cierro la puerta para intentar evitar que se cuele en el edificio.

- A este paso salimos volando.

Me doy la vuelta y me encuentro a Doña Concha sentada en las escaleras con unos folletos de oferta debajo de su trasero.

- Sí, lo malo es que no tenemos tren de aterrizaje así que a ver como hacemos.- Contesto.

- Calla que a mí no me dejan salir por miedo a que coja una gripe y eso que me he vacunado, pero aún así... después de ochenta y nueve años y tienen miedo de perderme ¿no se cansarán de mí?

Siempre me hace reír y por eso cuando puedo me quedo un rato charlando con ella, pero día a día veo que el invierno le está comiendo los colores, la está despintando poco a poco, como palideciéndola al cubrirla con una fina capa de polvo de tiempo que se va acumulando sobre ella. Para paliar su aburrimiento le propongo ir a dar una vuelta al edificio, una pequeña fuga sin que nadie nos vea: dos fugitivos de lo debido huyendo a lo deseado. Mira furtiva hacia los lados, asiente y se levanta con mi ayuda. Como nos vea su hijo me mata.

Al ir a salir del portal veo el triste jardín casi monocromo en el que prima un tono de ceniza marrón. ¡No! Ahí no podemos salir, en ese jardín ella se mimetizaría y nunca la podría recuperar. Entonces tengo una idea: saco mi ordenador portátil y me conecto a internet, busco la fotografía de Chagall y pongo la pantalla enfocando al jardín.

Entonces sí, entonces abro la puerta y ambos salimos a un jardín de césped de cable metálico azul en el que sobre un fondo de cielo amarillo brilla un sol romboidal de color rojo. Un gato de color verde está interpretando una melodía que mezcla notas musicales con esporas que al llegar al suelo germinan creciendo en extrañas flores de inalcanzables o inentendibles texturas.

- ¿Un gato verde? - me dice Doña Concha un poco incrédula ante lo que está viendo.

- Eso mismo le dijo Stalin a Chagall ¿vacas verdes? Y sí, si las miras de la manera adecuada las vacas son verdes (cosa que Stalin nunca pudo hacer o entender).

Entonces Doña Concha se quita las gafas y comienza a ver cómo pasan por el cielo una manada de nubes nómadas sobre las que viajan multitud de vacas verdes que vagan interminablemente alrededor del mundo.

Por encima de nosotros llegan volando el hijo adolescente de los del segundo con su novia, y pienso que eso es el amor: volar sin miedo, aún a riesgo de pegarte una hostia como un piano, pero no dejar de hacerlo jamás porque si dejas de enamorarte un solo día tus pies se convertirán en plomo y te llevarán a lo hondo a lo profundo: a lo oscuro. Entonces yo me enamoro de la vecina del tercero a la que sonrío, con sonrisa impregnada de galantería, siempre que nos cruzamos y Doña Concha se enamora del recuerdo que guarda de su marido, por ello comenzamos a sentir en nuestros estómagos los efectos de la ingravidez. Ya en el aire miro a Doña Concha que se ríe a mandíbula batiente y su risa va convirtiéndose en pájaros que se difuminan en el horizonte.

Viendo la ciudad desde arriba comprobamos como las cosas han perdido sus rígidas formas adquiriendo ahora unos perfiles menos estrictos, más blandos: se convierten en cosas contra las que se puede rebotar sin miedo a hacerse daño y de esa manera en dos brazadas de aire reboto contra el edificio, contra los coches, me dejo llevar por el redondo viento...  Entonces miro a Doña Concha que ya luce un hermoso rostro de trazos suaves, cálidos colores pastel y sonrisa de rojo inmortal y blanco luna.

Me quedo observando la fotografía de Chagall que está mirando al jardín y me caen dos lágrimas de agradecimiento por enseñarme a abrir las puertas de este mundo al que a veces me escapo y al que a veces, sin poder evitarlo, me traigo a alguien de excursión.

Hoy Doña Concha está radiante como un sol de carne y hueso y, mientras dura el tosco invierno, se entretiene en el portal contemplando un libro que le regalé lleno de fotografías con las obras de Chagall a las que se escapa, en las que se introduce para vivir en ellas cada vez que la realidad o las vacas que no son verdes la acorralan.

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8 Noviembre 2010

Mano de Póker con el diablo.

Jugando una mano de cartas con el diablo al borde del infierno, la que puede ser la última.

El diablo coloca sobre el tapete una botella y dos vasos de chupito. El tapete es negro y está vacío, como una noche de fieltro sin luna ni estrellas. Me sirve un vaso de licor de pereza, él mete el suyo directamente en un río de lava que nos rodea y no tiene principio ni final: es un círculo incandescente. Se bebe la lava candente y eructa una nube de humo de refinería petrolífera. Me hace una seña para que beba el mío y al tragar noto como el brebaje se va expandiendo por mi cuerpo aletargando mis movimientos, envolviéndome en un halo de lasitud que me aporta cierta despreocupación.

Con un gesto pone en marcha el mecanismo de la gramola que tenemos al lado y un gancho toma de los hombros a Jim Morrison que comienza a descifrar "The End". Hendrix está a la guitarra, Jaco Pastorius al bajo, Bonham a la batería y al teclado Horace Silver. La canción suena distinta, pero mantiene su esencia: esa textura de niebla negra hipnótica que va avanzando a medida que suena. Hecha un par de almas a la chimenea para avivar el fuego y selecciona de un recipiente otra alma que coloca en un quemador para que se vaya consumiendo lentamente dejando un agradable aroma entre canela e ilusión tierna.

Lo miro fijamente y retándolo le digo:

- Reparte.

- Ya está repartido, desde el principio, desde tu principio- responde sonriendo.

Miro mis manos y efectivamente tengo mis cinco cartas: un desamor, una ausencia, una enfermedad, un miedo y una carta en blanco (que en este póker se llama incógnita). Miro sus ojos pero no reflejan nada, sus gestos tampoco dan ningún indicio de las cartas que puede tener; el diablo es un buen jugador de póker.

- ¿Qué nos apostamos? - dice mientras coloca el abanico de cartas en la palma de su mano.

- ¿Qué quieres tú? - respondo/pregunto mientras tamborileo con mis dedos en el tapete de noche oscura.

- Ya lo sabes.

- Vale: si ganas te quedas con mi alma, pero si gano yo... te quedas con mis cartas.

Entonces él asiente mientras evalúa mentalmente las cartas que puedo tener. Se toma un respiro, hace un gesto para que la banda se calle y, en el denso silencio que nos envuelve, tomamos otros dos tragos tras lo que lentamente comienza a colocar las cartas:

Alegría de Amor

Alegría de salud

Alegría de dinero

Alegría de ilusión

Con esas cartas, la quinta carece de importancia, de modo que la deja boca abajo mientras sonríe y dice aviesamente con aliento de volcán:

- Póker de Alegrías.

Probablemente me ha hecho trampas, todos sabemos que el diablo guarda siempre una alegría en su manga para utilizarla a su favor. Yo estudio la situación y recompongo las cartas en mi mano para proceder a colocar sobre el tapete la siguiente jugada:

Un miedo

Una enfermedad

Un desamor

Una ausencia

Sonrío con superioridad y digo con acento de licor de pereza al levantarme de la mesa:

- Escalera de dolor.

El diablo cambia su gesto y borra su sonrisa, se amasa el mentón, escupe chapapote al río de lava y pega un manotazo a las cartas que salen volando mientras me doy la vuelta para salir del infierno libre de mis cartas o mejor dicho solo con una: la quinta, guardada en la manga.

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27 Octubre 2010

Doña Concha y Piernas

Esta silla es una silla perteneciente a una tribu de sillas que mantenían cercada a una mesa de comedor para seis personas, ocho si se apretaban mucho. Tanto el resto de las sillas como la mesa fueron devoradas por el camión de la basura cuando estuvieron pasadas de moda y sustituidas por un comedor moderno de "mónteselo usted mismo", con el que tuvieron que tener cuidado de no mezclar las piezas de la estantería con las del sofá o de la mesa, ya que los engendros resultantes podrían resultar incómodos a la vez que antiestéticos. De este modo la silla se quedó relegada a la puerta de este portal y en ella se sienta Doña Concha.

 

Doña concha es una mujer de avanzada edad que al igual que la silla fue arrancada de su lugar de residencia (un hermoso pueblo al borde del mar) y trasladada a esta urbanización para que no viviese allí sola, pero como todos sabemos la soledad tiene distintos sabores, y ella aquí tiene el regusto amargo al añorar las charlas de vecinos que, según me ha contado, surgían espontáneamente y se alargaban durante horas y horas. Ahora sentada en esta silla, porque no le gusta estar encerrada en casa, aprovecha cualquier ocasión para entablar conversaciones con los que subimos o bajamos generalmente a toda prisa yendo o volviendo de nuestros quehaceres.

 

Siempre suele bromear con mi ajetreo: trabajo, incontables paseos a Nuna, excursiones a la playa, excursiones a la compra... "Tú no paras", "Hay dios mío, es que no descansas ni un momento", se ríe y me dice " Otra vez, hoy vas a batir tu record" y de esa manera muchas veces consigue su propósito y me quedo durante unos minutos hablando con ella, teniendo conversaciones sobre el tiempo, su pueblo, sobre Nuna o sobre mis ocupaciones. Sinceramente, disfruto, creo que en parte porque me recuerda a mi abuela.

 

Hoy al salir camino de la playa con la bolsa colgada del hombro estaba sentada con las piernas al sol frotándoselas con las manos y, según salí del portal, me vio dar un salto en vez de bajar las escaleras. Entonces me sonrió y me dijo:

 

- Hay, si me dejases tus piernas aunque solo fuese un rato...

 

Y yo que gracias a la herencia genética por parte de madre tengo bastante dificultad a la hora de decir "No", me senté en las escaleras y me desencajé las piernas mientras ella me miraba sorprendida. Confusa, pero a la vez emocionada, procedió a hacer lo mismo mientras que dos niños que estaban jugando al fútbol en el jardín se quedaban boquiabiertos.

 

Con mis piernas puestas, ella echó a correr con sus faldas remangadas y le dio una fuerte patada al balón que el niño que estaba de portero no pudo ni olerlo. Fue un chute perfecto. Aunque a mí nunca me ha gustado el fútbol, parece que a mis piernas sí, parece que algo han aprendido de los partidos que han visto por la televisión o que han pillado recortes de las veces que paseando vemos a los niños jugar. Luego empezó a darle toques al balón pasándoselo de los pies a las rodillas, de las rodillas al pecho... Mientras, yo intentaba caminar con ayuda del bastón que me había dejado y avanzaba con pasitos cortos y arrastrados; casi milimétricos, casi de mil kilos.

 

Entonces vio que uno de los niños tenía un monopatín panza arriba en el césped, con un pié le pegó un giro y lo colocó directamente en el asfalto, los niños entonces se rieron. Enfiló la bajada del aparcamiento y se lanzó flexionando y estirando sus rodillas describiendo buenos giros. Al llegar al final hizo un perfecto tres sesenta derrapando que nos dejó a todos boquiabiertos. Por lo visto mis piernas también saben algo de Skate, pero eso es normal ya que han visto mucho, mucho, mucho skate por parte de hermano.

 

Yo sentí como sus piernas me generaron unos dolores agudos, punzantes, realmente difíciles de llevar y poco a poco me fui dirigiendo a la silla para proceder a restaurar el cambio que habíamos hecho anteriormente. Ella subió la cuesta y aprovechó para dar tres saltos antes de sentarse en las escaleras.

 

- Gracias- me dijo ella realmente conmovida-. Gracias.

 

Respondí que no había de qué y sentí un gran alivio por volver a tener mis piernas, las piernas de la mitad de edad, las piernas de las mil leguas, las que aún se mueren por correr, saltar y patear. Las piernas que...

 

Las piernas que intercambiaré con Doña Concha para que ella sepa que siempre es posible soñar y yo mantenga mis pies un poco más en el suelo.

      

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31 Marzo 2010

Futuridad.-

 

Antes de tomar la curva, el adivino supo lo que iba a suceder.

Días atrás había recibido una llamada de su mujer en uno de esos momentos que, entre cliente y cliente se tomaba para reflexionar, pensar, o simplemente dejar su mente en blanco, en un blanco inescrutable por ningún pensamiento. La secretaria, Marta, le había pasado la llamada y, antes de hablar con su mujer, un suspiro surcó el aire de la habitación para desvanecerse en un espacio vacuo. Ella en cuanto intuyó que su marido estaba al otro lado, comenzó con un sollozo.

- No puedo más (dejó aquí el espacio justo para que a él le crujiese el corazón, acto perceptible solamente en un gesto, nunca en un sonido).

Esas tres palabras eran la síntesis de un proceso en el que su mujer se había ido hundiendo hasta llegar al fondo. Ella continuó.

- Acaba de llegar Elena otra vez llorando, ha discutido con el chico ese que tanto la hace sufrir y se ha metido en la habitación, no quiere hablar conmigo.

- Verás, son cosas de...

- ¿A ti que te importa? o mejor dicho ¿realmente te importa?, llevas tanto tiempo sin hacerle caso que probablemente no sepas lo mal que lo está pasando por estar enamorada de alguien que no le quiere, pero supongo que eso será hereditario por parte de madre, porque a mí también me pasa lo mismo contigo.

- Cariño, yo te...

- Déjalo, de verdad, de donde no hay no se puede sacar, ni siquiera escarbando, de verdad no puedo más...

-  Esta noche cuando vuelva a casa lo hablamos y verás cómo lo solucionamos, no te preocupes.

- Espérate que la cosa no termina aquí, ha llegado Carlos con las notas y ¿sabes cuantas ha suspendido? (aquí dejó el espacio justo para que pudiese ponderar un número que finalmente no llegó a decir), ¡siete! ha suspendido ¡SIETE!

El adivino trago saliva mientras ella lloraba creando una extraña teoría de la física, similar a la de los vasos comunicantes, que podría decir que "cuando estás enamorado de alguien sus lágrimas son la saliva que te tragas al verla llorar".

- Cariño, hablamos cuando llegue a casa, tengo un cliente esperando y no puedo hacerle esperar más.

- Eso, para ti todo es muy fácil, ahora sigue con tu mierda de adivino, que si realmente funcionase sabrías lo que te va a pasar.

- Te quiero, esta noche lo arreglamos.

Al cortar la comunicación Marta le anunció la llegada del siguiente cliente cuyo nombre era José, Alberto o Julián. Le pidió que le diese un par de minutos y lo hiciese pasar.

"Siete" pensó, "será desgraciado, me había dicho que iba a estudiar y... SIETE, esta noche se va a enterar"

En ese momento entró el hombre que podía llamarse Enrique, Pablo o Arturo y que llevaba una cazadora que podía ser gris, azul o negra. Le hizo una seña para que se sentase al otro lado de la mesa.

- Esto funciona de la siguiente manera - explicó al hombre cuyo futuro iba a ser adivinado-: yo barajo, usted me dice un número y a partir de ahí sacaré cuatro cartas las cuales desvelarán su futuro.

- ¿Así de fácil? - dijo el hombre con alto grado de ironía.

- Así de fácil.

Tras barajar colocó con un sonido seco el mazo de cartas sobre la mesa y le pidió que dijese un número entre uno y cuarenta.

- El cinco, pero verá, yo no creo demasiado en esto.

En ese instante miró al hombre llamado Juanjo, Camilo o Ernesto; vestido con una cazadora verde, marrón o granate y, sin querer, se remontó años atrás cuando llegó un hombre extraño al pueblo por el que sintió curiosidad y al que persiguió, hasta que un día el hombre le pidió que se acercase, charlaron una rato sobre un ciento de cosas y le dijo que él también tenía el don de la clarividencia. Le enseñó a leer el futuro de una manera tan simple como efectiva: concéntrate al cien por cien en la persona que quiere que se adivine su futuro, baraja pensando en ella, pídele que diga un número y saca cuatro cartas; cada carta tiene un significado en función de cada persona y en ellas podrás leer todo, absolutamente todo lo que concierne a esa persona. Tras muchos aciertos decidió hacerse adivino.

Su padre, al comunicárselo, le dijo que se dejase de hacer tonterías y que una de dos: o estudiaba una carrera o comenzaba a trabajar en el campo. Desoyéndolo, ahorró lo que ganó durante un año ayudando al dueño del bar del pueblo a la vez que leía el futuro a los vecinos creándose una buena reputación que se fue extendiendo y finalmente en la ciudad montó una consulta.

Esta iba a ser una especie de venganza, sacó las cartas depositándolas en la mesa como si cada una pesase un millón de kilos.

La primera: Tendrás una reconciliación con una persona a la que quieres.

La segunda: un familiar caerá enfermo pero finalmente se recuperará.

Tercera: Un cambio en el trabajo, tal vez algo con un compañero.

La Cuarta...

Ante esa carta el adivino se levantó y, pegado al oído, le dijo a aquel hombre Jorge, Luis o Fernando, lo que significaba. El hombre tomó la cazadora vaquera, a cuadros o de cuero y salió de la consulta como alma que lleva el diablo. El adivino avisó por el interfono a Marta que no le cobrase.

Ese día no tenía más clientes así que decidió marcharse a casa pasando antes por una floristería para comprar un ramo de rosas con el que intentar suavizar el estado de ánimo de su mujer.

Cuando llegó a casa ella estaba un poco más relajada. Estaba sentada en el sofá acariciando la cabeza de Elena que, apoyada en su regazo, seguía deshaciéndose en lágrimas y Carlos, al escucharle entrar, bajó las escaleras con la cabeza agachada pidiendo perdón.

A Carlos le bastó con un bufido y varias negaciones de cabeza por parte de su padre para comprender la gravedad de lo que había hecho, a Elena le dio un beso a la vez que le decía que todo se arreglaría y a su mujer el ramo de rosas que había comprado, adornado con una mirada cuya textura era mezcla de complicidad, ternura, pasión... es decir, la textura de la mirada que tiene un hombre enamorado.

Justo antes de dar la curva había vuelto a ese día para comprender por qué, por primera vez en su vida no podía recordar el nombre de aquél cliente, ni cómo iba vestido... nada, no recordaba nada en absoluto de aquél hombre... pero se vio contando las cartas, y no contó cinco, contó siete, las siete que había suspendido Carlos y a partir de ahí...

La primera: Recordó las rosas, la mirada que cruzó con su mujer y como desde ese día todo había ido mejor.

La segunda: ¿Qué es el amor si no una enfermedad y tal vez una de las peores? Elena había estado enferma de amor, pero en pocos días el fármaco llamado Cesar, con motocicleta incluida, la curó.

Tercera: En el trabajo Marta le dijo que tenía que dejarle porque había encontrado algo "de lo suyo", queriendo decir con esa expresión que le pagaban más. Él intentó retenerla con una contraoferta, pero ella finalmente se marchó.

La Cuarta: Recordó la reacción del presunto adivinado y ahora supo que no había sido para menos, se había concentrado en aquella carta como nunca antes lo había hecho para ver todos los detalles "tendrás un accidente, mortal, en una curva, a las once de la noche del veintisiete de marzo del dos mil diez"

Justo esa noche, la noche del veintisiete de Marzo, a las once de la noche, un hombre cuyo nombre podía ser Celso, Álvaro o Miguel; vestido con una cazadora de tweed, de espiguilla o de paño inglés; en un estado de embriaguez cercano a la inconsciencia, era expulsado de un bar mientras gritaba que no creía en los adivinos y se jactaba de poder vencer al destino.

 

  

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9 Enero 2010

Kafkiano.-

 Mi hermano desapareció hace algún tiempo. Al recoger las cosas en su piso, encima de la mesilla de su habitación encontré este manuscrito:

"En realidad mi contacto con la literatura surgió de una manera un tanto extraña. Odiaba viajar en el metro con toda esa gente mirándote, observándote, estudiándote a cada parada, a cada traqueteo... mis ojos también a veces se detenían en alguna persona y me sentía muy incómodo ante esa situación, por eso decidí tomar uno de los libros que había en la estantería de casa. De esa manera evitaría el incómodo cruce de miradas que habitualmente se produce en esos lugares y, sobre todo lo que más me irritaba: que alguien intentase entablar conversación conmigo.

"La divina comedia" estaba grabado con letras doradas sobre un fondo oscuro. Pertenecía a una colección de libros de mi abuelo que salvé de ser tirados a la basura tras su muerte. Pensé que me daría un toque intelectual hacer que leía un clásico, así que lo tomé y al día siguiente viajé interponiéndolo entre la gente y yo como si fuese un escudo. No tenía intención de leerlo.

A los tres o cuatro días y viendo que la idea funcionaba, cambié de libro sin haber leído ni siquiera una sola palabra de La divina comedia. Al lado del hueco que esta había dejado en la estantería estaba "La metamorfosis y otros cuentos" de Kafka, así que el hueco avanzó un libro.

En el metro subí el libro apresuradamente viendo que una señora mayor llevaba unos minutos observándome y lo interpuse entre sus ojos y yo. Ella se acercó a mí y me dijo:

- No leas la metamorfosis o tu vida cambiará.

Yo estaba en esa época en la que si te dicen "No" tu lo interpretas como un "A que no", así que decidí leerlo. Llevaba muchísimo tiempo sin leer, así que al principio me sentí un poco extraño, pero cuando me di cuenta me había pasado la parada y no sabía cuantas vueltas llevaba dadas a todo el recorrido de aquella línea de metro. El cuento se terminó.

A la mañana siguiente cuando me desperté fue cuando empezaron a suceder los inexplicables acontecimientos.

Al mirarme en el espejo del baño pude ver como mi piel presentaba un color más pálido, más tenue, incluso podríamos definirlo como un color más incoloro. No le di mayor importancia, me duché, me vestí y me dirigí al trabajo. Durante el traqueteo, como ese día no llevaba libro, me entretuve en buscar por los vagones a la anciana que me había aconsejado que no leyese la metamorfosis. No la encontré.

Tomé la decisión de olvidar aquel incidente y pasar a otra clase de lecturas, con lo que compré en una librería el best seller con aspecto de ser el más anodino y me dediqué a pasar sus cerca de quinientas páginas (quinientos contenedores de palabras/basura) durante unos cuantos días. De esta manera mi mente se mantuvo tranquila y relajada.

Creo que había pasado una semana cuando al mirarme al espejo descubrí que casi era transparente. Me preocupé y busqué más cambios en mi cuerpo y de esa manera llegué a hacerme un análisis exhaustivo: mi tamaño había menguado y dada la transparencia de mi piel podía ver mis venas de aspecto azulado recorriéndome como extrañas carreteras. Al comenzar a llorar mis mejillas se vieron manchadas por lágrimas del mismo color azulado. Sentí miedo, pensé en pedir ayuda, pero poca gente, por no decir nadie, me podía ayudar.

Como un vagabundo erré por los vagones intentando buscar desesperadamente a la mujer anciana, ya que pensaba que, tal vez, me había echado una especie de maleficio o algo así; pero no pude encontrarla. La angustia creciente hacía que mi mente se fuese contrayendo, adquiriendo cada vez mayor forma cónica mientras mis sentimientos se iban fusionando en uno: Miedo.

Al llegar a casa fui corriendo al cuarto de baño y vomité el mismo extraño líquido azul de mis venas, el mismo extraño liquido azul de mis lágrimas. Me desnudé y me subí a una banqueta: debía medir como diez centímetros menos, la transparencia era total y el número de venas que recorrían mi cuerpo era menor. En este momento he decidido no salir de casa hasta poder solucionar mi problema.

Os quiero."

Sobre el folio en el que estaba escrito este texto había un bolígrafo común, corriente, de caperuza, de cuerpo transparente, con una única cánula de tinta azul. Nunca creí en el poder de los cuentos, pero desde entonces no soy capaz de escribir una palabra si no es con él.

Pd: Nunca leáis la metamorfosis... o vuestra vida cambiará.       

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25 Diciembre 2009

Como siempre en navidad: suena el teléfono.

 Como siempre en navidad:

Suena el teléfono

- Buenas noches ¿Submundo? - dice una voz con acento inglés.

- Si, creo que soy yo, aunque desde hace un tiempo, como submundo me tengo un poco abandonado.

- Sí, lo sé por eso estoy aquí.

Me paro a pensar y pienso que tal vez sea una estrategia comercial de la coctelera o cosas de ese tipo, pero como me pilla algo aburrido (Estaba viendo en la televisión un programa... me da vergüenza decir que programa era), decido escuchar lo que tiene que decirme.

- Pero ¿Quién es? - pregunto intrigado.

- Verás soy el fantasma de Charles Dickens.

- Ah...- contesto yo sin prestarle demasiada atención mientras me rasco la cabeza- mira que suerte tengo, porque no es una broma ¿no?

- Ya estamos con las tonterías- dice Dickens enfadado-, pensaba que tú me creerías, llevo no sé cuantas llamadas y todos me colgáis el teléfono ¿Qué pasa con los escritores de hoy en día? ¿es que ya no queda imaginación?.

- No me extraña, es difícil de creer que te llame alguien desde el más allá.

- ¿Desde el mas allá?, esto está más cerca que muchos sitios en metro y te llamo porque un operador de telefonía ha instalado una cabina aquí y podemos hacer llamadas a muy buen precio...

- Mira tú que bien...- digo mientras ojeo un catálogo de Carreflux.

- A ver, ¿me crees o no me crees? Tengo una cola detrás de mí para llamar que no veas y se están empezando a enfadar.

- Vale, pero necesito una prueba para creerte.

- Ok, un segundo...

Escucho como se quita el auricular de la oreja y pregunta en alto:

- ¿Hay algún conocido de submundo en la sala?

La respuesta es afirmativa y tras un rato le voz de acento inglés me dice:

- Me ha dicho tu abuelo que para que me creas te recuerde el día en que juntos fuisteis al bosque a buscar musgo para montar el belén y te contó la historia del leñador y las hadas.

Me quedo callado, trago saliva y le pregunto

- ¿Puedo hablar con él?

- Otro día, si no te importa, te llama y así habláis todo lo que queráis, ahora atiéndeme.

La voz de acento inglés toma aire como si lo que me fuese a contar durase mucho tiempo o tuviese mucha importancia.

- Todos los años, por una especie de maldición, tengo que convertir mi cuento de navidad en realidad, de manera que escojo un Scrooge y hago que se le aparezcan los tres fantasmas; de esa manera alguien aprende a celebrar las navidades como es debido, pero mi cuento se vuelve más y más rancio... y estoy empezando a desesperarme ¿se te ocurre alguna manera de romper la maldición?

- Puede ser... dejame pensar... Dickens ¿puedo llamarte Charles?, me sería más cómodo...

- Por supuesto.

- Charles verás, cero que el problema es que tus navidades nunca han sido demasiado... no sé como decirlo... creo que tu eres el Scrooge de este año, pero como tú ya eres un fantasma, no se te pueden aparecer tus tres fantasmas... a ver... déjame pensar... se me ocurre una idea: para que conozcas como son unas buenas navidades, las mejores, te puedes venir unos días a mi casa y las pasas con mi familia; así entenderás lo que es ver la ilusión en los ojos de los más pequeños, la alegría de los mayores por estar juntos y unidos, el echar de menos un poco más que a diario a los que ya no están y, en general, sentir calor interior en el frio invierno ¿puedes materializarte?

- Creo que si, hay una compañía que...

- Ok, pues aquí te espero.

Finalmente, tras unos ajustes (Le presto unos vaqueros, una camiseta, una cazadora y unas zapatillas de deporte) nos vamos a casa de mi hermana a pasar la noche buena y le presento como "Carlitos" un compañero de trabajo que está pasando por un mal momento... ni decir tiene que en pocos minutos Carlitos luce una sonrisa inmensa con la que se desanuda la maldición y a partir de entonces me llama para contarme alegres cuentos de navidad.

Carlitos y yo os deseamos felices fiestas y si os sentís un poco Scrooge acercaros a un niño y dejad que de su mano os lleve de nuevo a la navidad, a una feliz navidad que se prolongue todo el año.

 

 

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21 Noviembre 2009

Oscuridad (regurgitado de una historia irreal)

(Un viejo eucalipto de antepasados australianos)

Verlo pasar, corriendo a veces, otras a paso tranquilo; hurgando en su teléfono o simplemente con su cabeza envuelta en sabe dios que pensamientos, me hizo cogerle algo de aprecio... por lo menos no era de esa clase de gente que molesta con sus ruidos o dejan todo esto hecho un asco. Lo veía llegar por allí, donde el camino describe esa curva, pasaba delante de mí y desaparecía detrás de aquel pino, habitualmente lo veía pasar a la inversa cuando regresaba de su paseo. Su perra siempre iba con él delante a veces, a veces detrás. Todos los días repetían el ritual, con ciertas diferencias, pero haciendo girar la rueda de la rutina. Yo a veces aprovechaba el viento para saludarle con las ramas, pero creo que nunca se dio cuenta.

Era como uno de esos troncos... si, me recordaba a esos troncos que, sin saber por qué se van quedando huecos, se van vaciando poco a poco y finalmente en un instante se quiebran en un sentimiento y se desmoronan sin apenas hacer ruido. Creo que le faltaba algo.

 (Una mosca de zumbido asonante)

Si, le conocí en algunas tardes de verano (me poso en la mesa), al hacer calor me refugié en el frescor de la casa y allí estaba él (vuelo con navegación absurda y me detengo en el brazo del sofá). Ahí es donde lo vi por primera vez, estaba leyendo o algo parecido porque al mirarle, sus pupilas parecían atravesar el libro, el suelo y llegar al centro de la tierra, a su propio centro (me froto las patas delanteras y después las traseras). Aterricé en su brazo y me quedé un rato allí parada, su respiración me hacía subir y bajar, subir y bajar... volé delante de él y justo en ese momento suspiró desplazándome en el espacio unos cuantos centímetros con el viento provocado por su suspiro (vuelo del brazo del sofá a la flor del jarrón), en ese momento me di cuenta de que ese viento había salido de la profundidad de una caverna, que podía ser el eco, del eco, del eco de un suspiro y aunque soy mosca y se supone que todos mis sentimientos se limitan a zumbar y buscar basura, pero sentí pena por él. No pude evitar compararlo con esas moscas que intentan traspasar el cristal y se dan una, otra y otra vez con rebote eterno. (Me quedo pensativa recordando la mirada de aquél hombre)

 

(Un marinero que le dio la solución)

Yo tejo redes por las tardes y surco olas por los amaneceres, navego hacia el horizonte que nunca alcanzo en el vaivén del manto del mar. En ese manteamiento mantengo el equilibrio. Conozco la oscuridad corpórea que te hace sentir engullido y en su digestión promete deshacerte en sus jugos gástricos, pero la peor de las oscuridades es la que te nace en el centro y se expande conquistándote poco a poco hasta llegar a dominarte por completo. Su oscuridad había llegado a sus ojos, pude verla cuando me miró, se sentó a mi lado y juntos contemplamos la puesta de sol, yo tejiendo redes, el tejiéndose.

- ¿Sabes?- le dije- cuando un marinero se pierde busca un faro.

Creo que ya lo ha encontrado.

 

 

 

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19 Febrero 2009

Volver.-

Buenos días:

En primer lugar y como tantas otras veces pediros perdón por mi ausencia, pero como podreis comprobar estaba metido en un parentesis (*) si, ese soy yo.

Estoy terminando "FIN" y, valga la redundancia ¡POR FIN!

Así que espero estar de vuelta en estos días, aunque me he ido pasando de vez en cuando para leeros y ver que todo sigue igual o, por lo menos parecido.

Besos y abrazos....

 

 

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Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons. :::::RECOMEN-DABLES::::::: Bob Schneider Buen rollito Que lo disfruteis.

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